| Mueve la ficha blanca dos
espacios al frente
la negra le sale al paso en un movimiento similar. Golpe fuerte
al reloj. Sale el caballo blanco brincando sobre peones y la mano hace un zumbido; otra
vez para el reloj. Sale un alfil por donde el peón negro abrió camino. Minutos más
tarde la tabla está trancada. Las dos esferas del reloj en la mesa parecen sonreírse con
asombroso complicidad antes de recibir otro cantazo. Por encima de la lucha entre
blancas y negras, los contrincantes se miran durante una fracción de segundo. Luego
continúa la concentración. Concentración que se logra a pesar de la gente mirando, a
pesar del programa de stripers en la televisión, a pesar del intenso olor a hamburguer.
"Mi rey es democrático," dice el anciano del grupo antes de sacar la pieza
más codiciada del terreno del juego. "¿Arriesgado tú?, el fin de los tiempos se
acerca.," contesta el oponente. Suena otro golpe al reloj.
"Lo mejor de todo es que mi rey va acompañado de los tres jinetes del
Apocalipsis," insiste el anciano mientras mueve ágilmente un peón. El contrincante
comienza a sudar. Ahora sus ojos no se despegan del tablero. La amenaza del rey negro es
evidente. El reloj continúa burlándose y pasan varios segundos antes de que lo vuelvan a
golpear.
Ahora, justo cuando el rey negro está sumamente amenazado y sin defensa, el
restaurante empieza a llenarse de jóvenes hambrientos vestidos de negro y sudorosos, que
van saliendo de las discotecas adyacentes. Uno de los stripers en la televisión ha
decidido bailar deshaciéndose de su ropa. La audiencia del peculiar programa ha comenzado
a gritas: "Que lo haga
que lo haga
que lo haga".
Este es el peor panorama posible para un rey negro que busca salvar su pellejo. Y el
reloj gana la batalla final. Gana el blanco sobre el negro, triunfa la sabiduría sobre la
juventud, el arrojo sobre la defensiva. "¡Próximo!", grita el anciano ganador
presuroso del una víctima más. Mientras acomoda sus fichas blancas y pone en hora el
siniestro reloj.
Los restantes deciden quien se enfrentará al ganador mientras el anciano justifica el
lugar donde están jugando: "Jugamos aquí porque le pedimos permiso a la gente del
restaurante. Es que cerraron el lugar donde jugábamos en Buchannan." Y ahora, en un
movida que va del sublime a lo ridículo, juegan en el Mc Donalds de la Roosevelt. Sin una
sola queja estos jinentes del ajedrez llegan todas las noches al local y se adueñan de
una mesa cualquiera. Reloj en mano sacan a blancas y negras, se mueven rápido; apenas sin
pensar. Como amigos de barra, pero entre batidas y Big Macs, este grupo se reúne todos
los días con el único propósito de jugar ajedrez. Entonces uno de ellos dice: "yo
me voy, tengo que trabajar temprano mañana". El otro le contesta: "hoy es
viernes, quédate a otro". Y allá va el primero, a dejarse seducir por este juego de
caballeros.
Pasan las horas y ninguno se rinde. Pasan las horas, unos pierden, otros ganan. No
pelean. Aceptan sus derrotas, se ceden los turnos, hablan de defensas difíciles y
señales apocalípticas. No les importa que los miren o que les hablen. No hay mujeres en
el grupo pero si una se acerca, puede que la inviten a jugar. Son unos jugadores
obsesivos, y de seguro mañana a las seis estarán de nuevo sacando al peón blanco,
moviendo el peón negro, empujando al alfil y salvando al rey, provocando la reina y
mirando el reloj. Hasta el último y definitivo jaque mate. |