Jaque mate
Por Maricarmen Rivera
Mueve la ficha blanca dos espacios al frente… la negra le sale al paso en un movimiento similar. Golpe fuerte al reloj. Sale el caballo blanco brincando sobre peones y la mano hace un zumbido; otra vez para el reloj. Sale un alfil por donde el peón negro abrió camino. Minutos más tarde la tabla está trancada. Las dos esferas del reloj en la mesa parecen sonreírse con asombroso complicidad antes de recibir otro cantazo.

Por encima de la lucha entre blancas y negras, los contrincantes se miran durante una fracción de segundo. Luego continúa la concentración. Concentración que se logra a pesar de la gente mirando, a pesar del programa de stripers en la televisión, a pesar del intenso olor a hamburguer.

"Mi rey es democrático," dice el anciano del grupo antes de sacar la pieza más codiciada del terreno del juego. "¿Arriesgado tú?, el fin de los tiempos se acerca.," contesta el oponente. Suena otro golpe al reloj.

"Lo mejor de todo es que mi rey va acompañado de los tres jinetes del Apocalipsis," insiste el anciano mientras mueve ágilmente un peón. El contrincante comienza a sudar. Ahora sus ojos no se despegan del tablero. La amenaza del rey negro es evidente. El reloj continúa burlándose y pasan varios segundos antes de que lo vuelvan a golpear.

Ahora, justo cuando el rey negro está sumamente amenazado y sin defensa, el restaurante empieza a llenarse de jóvenes hambrientos vestidos de negro y sudorosos, que van saliendo de las discotecas adyacentes. Uno de los stripers en la televisión ha decidido bailar deshaciéndose de su ropa. La audiencia del peculiar programa ha comenzado a gritas: "Que lo haga… que lo haga… que lo haga".

Este es el peor panorama posible para un rey negro que busca salvar su pellejo. Y el reloj gana la batalla final. Gana el blanco sobre el negro, triunfa la sabiduría sobre la juventud, el arrojo sobre la defensiva. "¡Próximo!", grita el anciano ganador presuroso del una víctima más. Mientras acomoda sus fichas blancas y pone en hora el siniestro reloj.

Los restantes deciden quien se enfrentará al ganador mientras el anciano justifica el lugar donde están jugando: "Jugamos aquí porque le pedimos permiso a la gente del restaurante. Es que cerraron el lugar donde jugábamos en Buchannan." Y ahora, en un movida que va del sublime a lo ridículo, juegan en el Mc Donalds de la Roosevelt. Sin una sola queja estos jinentes del ajedrez llegan todas las noches al local y se adueñan de una mesa cualquiera. Reloj en mano sacan a blancas y negras, se mueven rápido; apenas sin pensar. Como amigos de barra, pero entre batidas y Big Macs, este grupo se reúne todos los días con el único propósito de jugar ajedrez. Entonces uno de ellos dice: "yo me voy, tengo que trabajar temprano mañana". El otro le contesta: "hoy es viernes, quédate a otro". Y allá va el primero, a dejarse seducir por este juego de caballeros.

Pasan las horas y ninguno se rinde. Pasan las horas, unos pierden, otros ganan. No pelean. Aceptan sus derrotas, se ceden los turnos, hablan de defensas difíciles y señales apocalípticas. No les importa que los miren o que les hablen. No hay mujeres en el grupo pero si una se acerca, puede que la inviten a jugar. Son unos jugadores obsesivos, y de seguro mañana a las seis estarán de nuevo sacando al peón blanco, moviendo el peón negro, empujando al alfil y salvando al rey, provocando la reina y mirando el reloj. Hasta el último y definitivo ‘jaque mate’.


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