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"Fue la
experiencia del misterio, unido al miedo, lo que puso en peligro la
religión." Albert Einstein
La reja cerró a mis
espaldas, dejando un sonido impecable que me supo a vacío y tristeza.
La monja, con sus ojos ausentes, me llevó a lo que sería mi cuarto por
el próximo año. Era mi primer año en la universidad, y yo era, una
vez más, una prisionera de la religión. Me aguanté las
lágrimas en la garganta, y desempaqué. Me repetí a mi misma una y
otra vez que sería sólo por un año. Sólo por un año tendría que
estar en un sitio que no sólo representaba todo en lo que ya yo no
creía, sino que era una extensión de la religión que había marcado
mi vida.
Otra de las monjas vino al cuarto a decirme las reglas de la casa.
Por primera vez, vi en sus ojos cierto brillo mientras me decía que
tenía que estar en el hospedaje a las diez todas las noches. Las diez,
la peligrosa hora en que todos los candados eran cambiados y todas las
luces eran apagadas. La monja terminó su discurso y abandonó mi
cuarto. Yo decidí poner mi crucifijo en el closet. Ahora, más que
nunca, no era más que un pedazo de plástico.
Toda mi vida tuve dudas sobre la religión, sobre todo, porque es un
elemento impuesto en tu vida, como pesada cruz que tienes que cargar,
quieras o no. Pecados capitales, pecados menores, buenas chicas, malas
chicas, no falles, no mientas, malas palabras, sin sexo, sin gozo,
arrodíllate y reza. Esa noche, comencé a abandonar el peso de mi cruz.
Mi primera noche en casa de las monjas, fue mi última noche como
creyente.
La casa de las monjas tenía tres pisos, y era lo suficientemente
grande como para albergar a las treinta prisioneras que vivíamos allí.
Al lado del comedor, y exactamente al frente de la oficina de la monja
madre, había una capilla, que siempre estaba cerrada. Ese año,
experimenté con el café y con el ajedrez. Un viejito del Burguer King
de Santa Rita, me enseñó las movidas. Yo quedé fascinada. No tanto
por el juego, si no por la posibilidad de pasar más tiempo fuera de la
casa. Cada vez que un peón tenía que morir para salvar a la reina, era
un buen momento para hablar de injusticia social. Cada vez que yo
perdía a manos de una mala movida, era un buen momento para hablar de
Dios.
La Semana Santa llegó ese año más rápido que de costumbre. Ya yo
había decidido no ir a la iglesia por primera vez en muchos años.
Cuando vi a mis compañeras de cuarto con las cenizas en la frente,
sentí que ellas eran parte de un culto al cual ya yo no pertenecía.
Como parte de las actividades de la semana, las monjas decidieron
hacer una procesión dentro de la casa. Yo, calculé mal la hora de
llegada que me evitaría ser parte de la misma y cuando llegué la
procesión todavía iba por la penúltima estación. La casa estaba
oscura, pero gracias a las velas y el incienso, pude llegar a mi cuarto
sana y salva. A primera hora en la mañana, la monja llamó a mi madre.
La queja: mi falda era muy corta, mi lengua muy larga y yo había
ofendido a Dios y a ella (en ese orden) al no asisitir a la procesión.
Mi madre, quien ya debía sentirse lo suficientemente culpable por
tenerme allí, le dijo a la monja que me dejara tranquila. Además, ella
había tratado infructuosamente de arreglar todo eso años atrás. Ese
viernes, mi mamá vino a buscarme. En el camino, prometió liberarme si
yo cooperaba con las monjas. Yo, que hubiera hecho cualquier cosa por
tener mi vida de nuevo, accedí. Por unos meses, traté de no mortificar
a la monja madre. Incluso trate de llevarme mejor con ella. Pero mis
intentos no fueron suficientes.
Un mes después de mi recién adquirida actitud, las monjas
anunciaron una misa. Una vez más, decidí no asistir. Llegué lo más
tarde que pude, y me encerré en el cuarto. Justo cuando me sentía a
salvo, tocaron a la puerta. Una de las monjas casi me arrastró al
salón con las otras chicas. Todas estaban sentadas en un círculo
alrededor del padre. El ni siquiera levantó la vista para verme caminar
hasta mi asiento, el único vacío en todo el cuarto. Las luces estaban
apagadas y todas estaban rezando. Yo seguía sentada al frente del
padre, quien nos pidió que prendiéramos nuestras velas para "que
Dios sepa que tenemos fe en Él". Las velas comenzaron a encenderse
formando un círculo en el medio del salón. Yo seguía mirando mi vela
apagada, cuando sentí la mirada del padre en mis hombros. Decidí que
este no era el momento de dejar saber mis sentimientos. Mi vela terminó
en el medio del salón con el resto de las velas "creyentes."
En ese momento sentí que estaba parada al borde de un barranco y la
monja seguía parada detrás de mí, esperando para darme el empujón
final cuando me dijo que el padre quería hablar conmigo en su oficina.
Cinco chicas esperaban para confesarle a un perfecto extraño sus
más oscuros pecados. La capilla permanecía cerrada. Me senté una vez
más al frente del padre mientras el se quitaba su vestimenta de
sacerdote. Ahora, lo único que lo diferenciaba de un hombre común era
el collar blanco en el cuello de su camisa. Me le quedé mirando y él
me devolvió la mirada sin decir una palabra. Decidí marcharme. Cuando
comencé a abrir la puerta, escuché su voz preguntándome qué había
pasado con la vela. Las lágrimas en mis ojos comenzaron a invadir mi
realidad. Cuando me viré para mirarlo, recordé una a una todas las
cosas que me llevaron a sentir como entonces me sentía.
Recordé a mi madre obligándome a ir a la iglesia mientras mi padre
se quedaba en casa. Recordé horas infinitas estudiando la Biblia.
Recordé la ausencia de felicidad en los ojos de la monja, mi crucifijo
en el closet. El Fausto de Goethe. Recordé irme de un hospital porque
unas damas pretendían rezar por mí a mis siete años. Recordé a mi
abuela arrodillada rezando por nuestras almas. La reina sobreviviendo
tras la muerte del peón. La Virgen María en mi cuarto, y mi madre
rezando sobre la tumba de su madre.
Escuché al padre llamándome sobre mi llanto. Lo tomé por el brazo
y le exigí, a gritos, que me devolviera mi fe. Él soltó su brazo y
con lágrimas en los ojos, esperó a que yo me tranquilizara. "Yo
no te puedo devolver," me dijo, con voz que apenas podía escuchar,
"lo que tú nunca has tenido." Y en ese exacto momento, Dios
se convirtió en dios.
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