Alshe, mi perro
Por  Hermes Martínez

Desde pequeño, siempre quise tener un perro. En mi casa, que tenía todas las comodidades como para hacer confortable la vida de un animal doméstico, se presentaba un problema serio. Mi padre tenía una seria aversión a los perros.

Según las teorías filosóficas de mi padre, y las imperantes en ciertos círculos, el perro era un animal clasista, dócil y sin un carácter definido. Afirmaba, que un perro jamás le ladraba o mordía a una persona bien vestida y que, por el contrario, despreciaba, perseguía y no toleraba al hombre pobre.

Sus argumentos que me parecían ilógicos, me los demostraba fácilmente y en cada oportunidad que se presentaba, me lo hacía notar. Yo le señalaba también, que la gente más pobre siempre tiene un perro compañero y fiel pero las discusiones no llegaban a nada.

Y así pasaron muchos años sin que en mi casa se aceptara la presencia de un perro. Había más inclinación por los gatos. Estos se ajustaban mejor al criterio filosófico de mi padre y por eso tuvimos uno. Este gato era agradable y simpático pero sólo durante sus primeros cuatro meses de vida. Después, allí andaba, siempre en silencio como mirando lo que pasaba alrededor pero sin emitir señal alguna de actividad, pasión ni emoción.

En mi juventud, después de hacer un viaje a los Estados Unidos con unos vecinos, en Washington mis amigos compraron un perro tipo caniche o poodle, de color negro y lo llamamos Yankee. Nos acompañaba a jugar en la nieve que era toda una experiencia nueva para nosotros. Lo cubríamos todo y al sacudirse la nieve quedaba allí con unos bigotes blancos en fiel contraste con su pelo negro azabache y fue partícipe o cómplice de muchas otras aventuras de la mocedad.

Pero, tuve que volver y Yanqui se quedó con sus legítimos dueños unos dos años más y realmente, cada vez que veía a un perro similar, me traía de inmediato, gratos recuerdos de ese invierno en Estados Unidos.

Así quedé con una ansiedad frustrada de tener mi propio perro. Pasó mucho tiempo y cuando mi hijo tenía unos 9 años de edad y mi hija 4, acomodados ya en una casa, cumplí con la promesa que les había hecho cuando eran más chicos, el día que nos mudemos a una casa, vamos a tener un perro.

Un día en octubre de 1987 nos decidimos a buscar un perro y la idea de tener un caniche para los niños y para mi, ya en menor grado de urgencia, cobró cuerpo y realidad. Con un amigo y mi esposa, luego de buscar y buscar, llegamos a una casa donde tenían tres perritos caniche, de un mes de edad, a la venta. Fue extremadamente difícil elegir de los tres, solamente uno pues todos eran una fiesta a la vista. Sin embargo, uno de los cachorritos se nos acercó, moviéndose con tremenda gracia y humanamente interpretamos que quería venir con nosotros y así fue.

Los niños en casa, no tenían la más mínima idea de que nuestra salida había sido para traerles un perrito. Al llegar a casa, nos las ingeniamos para mandar a los dos niños al sótano y al llamarlos para que subieran, se encontraron con una bolita de color beige, con ojos color café, dulces y moviéndose con dificultad y gracia sin par.

La algarabía de los niños fue indescriptible y todo tema en la casa giraba sobre el perrito, entre ellos, el darle un nombre. Se barajaron varios, pero quedó como oficial el nombre de Alshe, (que en español se pronuncia Alshi) que surgió, como otros nombres en la familia, de tomar Al, del nombre de mi hijo, Álvaro y She de Sheila, el nombre de mi hija.

Sus primeras noches en casa fueron tremendas; no quería estar solo, trataba de subir las escaleras como una bolita autopropulsada para estar con nosotros, especialmente con los niños y al fracasar en sus intentos, venían quejidos tan suaves que siendo sincero, eran deleitables.

En la imaginación (y muchas veces en la realidad) Alshe fue todo lo que uno de los niños querían que fuese, un bebé para Sheila, un artista de cine para Álvaro.

Alshe tuvo papeles protagónicos en varias películas que filmó mi hijo, donde, entre otras cosas volaba, era un animal poseído y miles de personajes más. Para Sheila era el bebé, le ponía pañales, lo sacaba a pasear por la vereda en un carrito para muñecas y en los parques. Alshe siempre estuvo dispuesto a aceptar los desafíos de la imaginación infantil primero y la juvenil después.

La cuota de mordeduras y roturas en zapatos, patas de mesas, marcos de puertas, puertas, ropa, medias, pantalones, y la destrucción de otras, es innumerable.

Alshe, a pesar de ser pequeño y lanudo, no le tenía miedo a los perros grandes y llegado el caso le ofrecía lucha o la apariencia de lucha a todo ser semejante a él.

Las travesuras, escapadas, descontrol fecal y urinario causaron que nuestra familia tuviera que romper relaciones con todos los vecinos, en ambas casas, con muy pocas excepciones. No era malo; al contrario, dócil y afable pero tenía gran sentido de su familia y los amigos de la misma. Con el resto, tenía la tolerancia asignada a la raza canina.

No podía tolerar que los niños se pelearan o que se les castigara pues salía como fiera a defender al caído y las peleas y riñas familiares lo molestaban y lo afligían sobremanera.

Su paso era de trotecito corto, algo arrogante y siempre erguido excepto cuando sabía que había hecho algo no tolerado. Su dieta preferida era la comida de los seres humanos con especial debilidad por la carne y los huesos de pollo, la mantequilla y, por sobre todo esto, el chocolate. La cocina francesa e italiana eran sus predilectas. Ese apetito por la alta cocina, lo llevó, varias veces, a arruinar nuestras cenas. Lo grave, sin embargo, no era nuestras cenas sino las cenas para invitados. Un día, por ejemplo, hicimos un bufé frío, con variedad de carnes rojas y blancas que lo dejamos sobre una mesa esmeradamente preparada en el sótano de casa donde tendría lugar la reunión. Al llegar los visitantes, Alshe, el investigador, había estado primero, deshaciendo no sólo el orden de las cosas sino que a las cosas también.

A pesar de esto, Alshe tenía costumbres civilizadas. Jamás, estuviera hambriento o no, se lanzaba sobre la comida de primera. Fuera lo que fuere, lo inspeccionaba, daba una vueltita por su zona de interés, y luego, digamos que, como último recurso se aventuraba a comer.

Cualquiera de la familia podía amonestarlo sin mayores consecuencias. Y casi todos los rezongos venían por el lado de la higiene. Afrancesado en su comida y prestancia pero super vulgar casi idiota en aprender las rutinas de descargas líquidas o sólidas que nunca aprendió a controlar a pesar de los esfuerzos al efecto.

Cada vez que queríamos cortarle el pelo, esto era una tragedia pues ningún peluquero se le podía acercar y si lo hacía, pum, lo mordía. Cambiamos casi 10 peluqueros en sus catorce años de vida. Incluso, un día de una de esas peluquerías para perros me llamaron amenazándome con establecerme juicio por la mordedura que Alshe le hizo al supuesto profesional canino.

Alshe odiaba a las ardillas y en general a todo animal que rondara por nuestro jardín o en lo que Alshe entendía era su propiedad. Un día tuvo una lucha cuerpo a cuerpo con un zorrillo. Como estaba oscuro, no supimos quien fue el ganador en la lucha. Pero sí supimos lo que es olor a zorrillo pues como por una semana y con baños de jugo de tomates por medio, el olor era inaguantable.

En setiembre de 1992, tanto Sheila como Álvaro se van de casa a estudiar a diferentes universidades y Alshe queda solo con mi esposa y conmigo. El éxodo no le cayó bien o esto es pura coincidencia. Si bien se mantuvo siempre listo a recibirnos con alegría como siempre, un jadeo extraño e incesante se apoderó de él.

Ayer lo llevé al veterinario para revisarlo. Siempre antes de llegar al hospital veterinario, en realidad varias cuadras antes, le venía un temblor de miedo pues sabía que allí vendrían inyecciones y toqueteos raros e indeseables. Ayer, sin embargo, su comportamiento fue diferente. Al salir del auto, se puso a correr en dirección opuesta al hospital. No quería entrar, ni siquiera oler el olor de los demás perros. La veterinaria se preocupó de un gran crecimiento de tejido debajo de la lengua y la cantidad de fluido en toda la zona del cuello. Me informó que podía ser cáncer pero, para asegurase decidió hacerle un examen más a fondo. Por la mañana le haría una revisión completa con Alshe anestesiado. No es cáncer, dijo la doctora, y en poco tiempo, apenas se recupere de la anestesia estará con ustedes.

Alshe tenía bajones de ánimo tremendos y conducían a pensar que la hora final podía llegar en esos momentos. Pero, de la misma forma que caía, se recuperaba y volvía a ser él. Pero hoy no fue así. Con el pensamiento de todos, con el cariño que supo conquistarse de todos nosotros, con los secretos de aventuras y amores de todos los miembros de la familia, nuestro querido y fiel amigo, Alshe, mi perro se murió.

Como padre, querido Alshe tengo que agradecerte infinitamente todo lo que hiciste por mis hijos, las alegrías, las defensas... siempre fiel, siempre con ellos supliendo el cariño, la atención que uno debía haberles dado pero que con las necesidades diarias o no podía o no surgía.

Alshe, amigazo, que descanses en paz. Adiós y muchas gracias.

Invierno canadiense del 1992

Esta historia fue editada para su publicación por los editores de la Revista Añil.


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