| Una noche sin estrellas deja
caer su llanto incesante y tímido entre los árboles y montañas de acero y piedra de
creación humana. Un frío sin refugio se acumula en la oscuridad, al igual que el agua
infecta en las esquinas; agua prisionera consecuencia de los desechos del progreso de la
tecnología seductora de voluntades. Acompañado por los ecos de música y con las
ruedas de su auto, Luis perturba la silente procesión que pena en cada esquina. Camina
con su mente un usualmente insípido día de trabajo, observando casualmente el húmedo y
sombrío ambiente de regreso a casa.
Llega a su edificio de apartamentos donde lo reciben los saludos de sus vecinos. Viendo
lo usual, Luis entra y camina por su apartamento vacío de presencia. Pasa junto a sus
diplomas y reconocimientos acumulados a través de su vida profesional; vida auspiciada
por su carrera militar. Se baña, come, entretiene y duerme. Como siempre.
Al iniciar otro día de trabajo, sale de su apartamento y lo recibe la curiosa y
refrescante sonrisa de la hija menor de una vecina. Luis responde de igual manera y sigue
hacia su trabajo, como siempre. Pasan horas, pasan días, pasan semanas y llega el
obligatorio tiempo de dedicarse a su carrera militar.
Sudor, cansancio, dolor son abonados a su deuda con la milicia, igual que siempre. De
regreso en su hogar y luego de un sueño reparador, Luis despierta una mañana tranquilo,
esperanzado para ver que sigue acompañado de su soledad en el mismo lugar donde cerró
sus ojos.
El ciclo se repite con precisión mecánica, ocasionalmente detenido por un
deslumbrante atardecer, la sonrisa de un niño, la suavidad de una flor, el aroma de un
amanecer en el mar. Todos sus conocimientos, habilidades y éxitos no son suficientes para
sacar a la luz quien Luis es dentro de sí mismo. Oculto por años de hacer únicamente lo
correcto y esperado, sigue siendo un mero observador de quien es él en la ausencia de sí
mismo.
Un día, Luis es activado por la milicia para ayudar a un país hermano que acaba de
sufrir la furia de la naturaleza. Pertrechado y a cargo de su escuadrón, llega a buscar
entre ruinas la esperanza, la realidad y el dolor en el desolado panorama que una tierra
lejana le ofrece de forma abrumadora y fascinante.
Durante los trabajos de rescate, surge la posibilidad de que entre las ruinas de un
edificio cercano haya varias personas atrapadas en un nivel inferior. Al escuadrón de
Luis se le asigna la tarea de encontrar algún sobreviviente antes de que colapse el
edificio o mueran ahogados por el agua de la cisterna.
Después de varias horas de remover escombros, encuentran un área inundada donde el
nivel de agua sube de forma lenta, pero constante. Con el equipo disponible y dos
compañeros, Luis se lanza a atravesar un largo pasillo de escombros que aparenta no
terminar. Llegan a una recámara donde encuentran varios sobrevivientes luchando por
mantenerse en una cada vez más reducida burbuja de aire. El hallazgo desborda el tan
reducido espacio disponible de alegría y júbilo.
Al momento de empezar la salida, los rescatadores se dan cuenta que el equipo
disponible no es suficiente para salvar a todos los que se encuentran en el lugar. Y al
ritmo que sube el nivel de agua, junto con la distancia a recorrer, no dan oportunidad
para un segundo rescate. Alguien no volverá.
Luis, el oficial superior, ve la difícil decisión como la más natural de su vida.
"Yo me quedo. Vayan ustedes ya que nadie me espera", dice con autoridad y
tranquilidad.
Sus compañeros buscan alternativas donde no las hay y aceptan la realidad. El grupo se
aleja quedando Luis solo con una linterna en una burbuja cada vez más reducida.
Luis cierra los ojos y piensa que hizo lo correcto; que dio finalmente sentido a su
vida al darla por otra. Convencido, se resigna a esperar su muerte.
Siente como la fría humedad, la mano de la oscura dama, atrapa su cuerpo y lo abraza
buscando, con un beso en los labios, robarle a Luis su último aliento.
Algo toca la mejilla de Luis y lo alumbra. Es un pedazo de papel con una foto de un
campo de flores que despierta recuerdos: la flor, el atardecer, las sonrisas...
Dentro de sí, Luis oye un grito de guerra que busca liberar la resignación con
esperanzas, la conformidad con la invención, la muerte con un sueño.
El hombre toma todo el aire que puede para nadar por el camino antes recorrido. En su
mente, un sólo pensamiento: tener una oportunidad de tratar. Tratar, ya que el tiempo no
se detiene y al no detenerse, la espera tampoco. Y con la espera llegan sueños y nuevas
probabilidades.
Lo largo del frío camino hacen imposible terminar el recorrido. Apoyándose de
escombros con sus últimas fuerzas, Luis se impulsa hacia la oscuridad del camino,
volviéndose boca arriba para recibir su beso... El calor de unos labios de mujer
despiertan a Luis. Incrédulos ojos son deslumbrados por linternas mientras su cuerpo lo
arropan y cargan cálidas mantas.
Un año después, Luis camina por una playa en la tarde llevando en la mano una rosa
blanca. Entra en el mar y, al agua llegarle a sus rodillas, se detiene, besa la rosa
blanca con suavidad y la coloca en el agua. Al regresar Luis a la orilla, un sueño de
cabello oscuro se le acerca. "Perdona, mi nombre es Marie, ¿Por qué hiciste
eso?", pregunta.
"Es una larga historia.", contesta Luis. "Si quieres, puedes contármela
mientras caminamos.", responde con pícara mirada. Y así, dos figuras con sus
sombras unidas a sus espaldas, comienzan a caminar por la arena hacia el horizonte.
José R. Ortíz Rivera es ingeniero y vive
en la zona sur de Puerto Rico. Le gusta escribir, el romance, el mar, el cine, conducir y
escuchar música. Desea publicar un libro que incluya la colección de escritos que tiene
a su haber de cuentos y poesías libres a las que llama estrofas.
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