La siguiente es una colaboración de un joven lector de la revista Añil. La misma fue editada por nuestros editores en estilo y contenido.
Cascada de Rosas

por Gabriel Ricardo Umpierre

Era uno de los atardeceres más hermosos que jamás llegué a ver. El sol se escondía por el horizonte. El cielo, rosado, como la sonrisa de una niña enamorada, oscurecía. Yo, acostado sobre la grama de aquel lugar remoto, sólo pensaba en tu regreso.

Eras una chica excepcional en todo el sentido de la palabra. Alegrabas a todo el que por tu lado pasase. Por ahí decían que eras la niña mas hermosa del pueblo. Y tanta atención te perturbaba. Sí, recuerdo cuán tímida eras, cada vez que alguien asomaba la mirada por la ventana, sólo para echarte un ojo, cuando te encaminabas para la tienda. También, recuerdo cuando corríamos por la montaña persiguiendo a los conejos o recogiendo flores, cuando me tirabas del cabello, cuando trepábamos de los arboles, tu sonrisa...

Tu sonrisa, ese sí que es un recuerdo hermoso. Cada vez que los calientes rayos del sol se asomaban para despertarte, ya tu sonrisa estaba de pie. Y nunca te ibas a acostar sin que la luna y las estrellas pudieran admirar tu sonrisa. Eso es, sin hablar de cuando llegaba una nueva primavera. Pues, cada una de las flores que en esa época reinaban, por más pequeña que fueran, lograban exaltar su belleza con tu sola presencia.

Pero, todo esto son sólo recuerdos. Ya nada por aquí es lo mismo. Ya no se ve a la gente del pueblo asomándose por las ventanas, ya las flores no son tan bellas... todo es menos desde que te fuiste. Sin decirle nada a nadie. Desapareciste. Desperté, y ya no estabas a mi lado. He pensado una y mil veces en qué hice mal aquella noche, pero no he encontrado cual fue mi error. Aquella noche fue perfecta.

Sí, llegaste de la nada. Yo, jugando con mis amigos en el árbol y de repente… que baja del tren esta muchacha de pelo castaño, ojos verdes, morena, y con una sonrisa hermosa. Insisto, lo más que me gustaba de ti era tu sonrisa. Bajaste del tren, nos miraste, para luego seguir tras tu madre, hacia lo que se había convertido en tu hogar desde ese instante. Venías de tierras lejanas donde casi ni salía el sol. Aquello que veías era todo un nuevo mundo para ti. Por eso, dedicaste los próximos días a pasear por el pueblo, a mirarlo todo. Encontraste el pozo, lugar donde nos dimos el primer beso; el café de Juan, donde fue nuestra primera cita; el auto cinema, donde nos dirigimos todas las semanas desde el momento en que tuvimos nuestro primer encuentro, en el supermercado.

Allí trabajaba yo. Acomodaba las verduras, las más frescas, las acabaditas de llegar y de repente ahí estabas. Venías a comprar verduras para la cena. Aún recuerdo el menú: codorniz en fricasé, arroz mamposteado, ensalada, sopa de gandules y un rico flan de calabaza. Eso mismo venías a buscar, la calabaza, y a mi, se me había ocurrido tirar una al piso en ese instante. Que pequeño es el mundo, llego directito a tus pies. La recogiste y me la entregaste. Yo no sabía que decir de la vergüenza. Con una sonrisa me pediste la más fresca, y mientras te la entregaba, me preguntaste si vivía cerca de ahí. Continuamos conversando hasta que terminé en tu casa, saboreando el flan que preparaste con la ya célebre calabaza.

Tu casa era grande pero bien sencilla, justo a dos cuadras de la mía. La había decorado tu madre con muebles de mimbre sobre la alfombra que tu padre había comprado en la India. Las paredes albergaban hermosas pinturas realizadas por tus preciosas manos. Pero eso, lo descubrí meses después, cuando encontré mi pintura.

¡Que pintura! Todavía recuerdo el momento. Yo estaba en la cascada tomando un baño, desnudo. Y tu estabas allí, escondida tras el arbusto de rosas al lado de la cascada. De allí observaste mi baño, mis movimientos, mi soledad , captando con tu arte el momento. Un momento que más que por la pintura, lo recuerdo. Terminaste la pintura y no resististe la tentación por lo que a escondidas entraste a saborear la tibia agua de verano. No me percaté de tu presencia sino hasta el rato, cuando te me acercaste, vestidita como Eva. Me trajiste una rosa del arbusto y al ofrecérmela me sumergiste en el agua. Y así estuvimos, jugando hasta el anochecer. Al entrar el friíto de la noche prendimos una fogata justo junto al arbusto de rosas. Y allí, bajo la luz de la luna y las estrellas hicimos el amor.

Despertamos con el roce de una gota de rocío al amanecer. Nos quedamos toda la mañana en el paraíso terrenal que vivíamos. Sólo tu, yo, el canto de las aves, el sonido de la cascada y la suave brisa, que tomé como excusa para calentarte durante toda aquella inolvidable mañana. No me di cuenta de que habías estado allí, desde mucho antes de lo sucedido hasta que vi la pintura en el balcón. El balcón, la entrada a las noches mas atrevidas de mi vida. Allí te encontrabas tan pronto la luna y las estrellas salían a iluminar la noche y allí me esperabas cada noche para poder estar contigo. Aprendimos mil y una formas de hacer el amor sin hacer ruido para que tus padres no se enteraran. Si se hubieran enterado que no era una, sino dos, los que dormían en aquella cama, yo no estaría escribiendo en estos momentos.

Y así fue noche tras noche, semana tras semana, mes tras mes, año tras... No, no llegamos al año. Te fuiste dos días antes de celebrar el aniversario de aquel bello día en la cascada. Ese día habíamos, recorrido todo el monte y recogido las flores más bellas sobre las cuales, al pie de la cascada, hicimos el amor. Lástima, no sabía, ni me imaginaba que aquella iba a ser la última vez. Jamás hubiese imaginado que al despertar lo único que me iba a encontrar eran aquellas flores que habíamos recortado.

No te he vuelto a ver. Y hoy, como tantos días, estoy aquí bajo este bello cielo, rodeado de bellas flores, recordándote, recordando tu bella sonrisa. Mañana se cumplen dos años de aquella vez que nos amamos y uno de tu partida. Sólo puedo pensar en ti, perdí mi trabajo, perdí mi vida y día y noche sigo aquí junto al rosal, extrañándote.

Despierto. Junto a mi, una hermosa criatura, de par de meses de nacido y es, mi hijo. Junto a él, su madre, hermosa como siempre y con la misma sonrisa con la que la vi por primera vez cuando bajó del tren. Regresaste, para jamás volver a irte ni dejarme. Y por fin, logramos celebrar juntos nuestro aniversario, allí, bajo la cascada, junto al rosal, y sobre una cama de bellas flores.

FIN


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