Las
manecillas del reloj giraban hoy en favor de la vida. Sabrina había esperado horas para
matricular a su hijo de cinco primaveras; en la escuela del Centro Pediátrico. Observaba
cada detalle concreto y tácito de aquella habitación de espera..... Mientras, su hijo
deseaba recorrerlo todo como si nunca hubiera ido a un saloncito escolar. Su carita
mostraba un brillo majestuoso y un movimiento casi impulsivo. Sabrina siempre fue una
persona comedida, callada y un tanto estudiosa cuando de pequeñines se trataba. Deseaba
que su hijo volviera a la vida, se relacionara con otros niños y aprendiera esas cosas
que a nosotros también nos hicieron caminar, aprender, elegir.Nunca se apartó de su
pequeño, inclusive en el peor viaje de la vida de su hijo. Sabrina acostumbraba ir al
parquecito de la urbanización, junto a su madre y su hijo Christian. Una noche en que
todo parecía hermoso, luego ese todo se fundió en una tristeza inmensa que duró por
espacio de 12 meses. Su madre Antonia, cruzó la calle con su niño y un auto les
arrebató su alegría. Sabrina fue hasta el lugar y perdió la razón. Todos lloraban a
una abuela que ni siquiera conocían y a un diminuto infante que como un general se
debatía entre la más feroz hazañas de esta insólita vida.
Luego el paisaje se dibuja a través la tenue luz de la ventana que alumbraba su hijo y
a su madre en estado de coma. Pero Sabrina siempre fue una mujer de temple quijotesco.
Desde su difícil infancia había luchado con uñas y dientes para enfrentarse a la vida.
Y en ese momento su lucha se convirtió en su vida y el vencer a la muerte el propósito
para vivirla. Los médicos, atónitos ante su negativa de aceptar su diagnóstico, le
repetían que su hijo no viviría. Sabrina les refutaba y les decía que ella estaba allí
para ayudar a su hijo a salir de este trance. Sin descanso, fumaba un cigarro apurado de
coraje, y un trago de café con sabor a impotencia.
Finalmente, Christian, salió del coma, y su madre también. Fueron dos semanas de
eterno sufrimiento. Y al fin todo había terminado. Pues las lágrimas de Sabrina habían
llegado al cielo. Y porque sabía que había sido escuchaba no sólo se consolaba con su
guitarra sino que cantaba y alegraba a otros en el Centro Médico . La gente que se le
acercaba recibían el regalo de una sonrisa llena de esperanza. Porque después del
despertar vino la verdadera lucha, la difícil prueba de darle vida a la vida de su hijo.
Siguieron meses de nuevas angustias, derrotas y triunfos. Y en cada día en cada hora y en
cada segundo una plegaria y mil rezos.
A Sabrina no le faltó la mano de un vagabundo, de un médico prominente, de un
paciente o un ser humano que en ese momento hubiera perdido a su hermano. No fue fácil.
El nene no tragaba, no dormía periodos largos y presentaba movimientos secundarios a una
ataxia severa. El crío se retorcía en un dolor agudo porque su cerebro había perdido
algunas neuronas y por daños en el cerebelo. Su madre lo consolaba con canciones de cuna
sin saber la hora, día, noche o tarde. Perdió hasta su identidad. Los médicos le
declaraban locura temporera. Pero nadie ocupó su puesto, ni cuidó de su madre.
Sabrina, con sus ojos grandes y llenos de esperanza, se mantuvo junto a ellos en todo
momento. Dormía con Christian en la cunita del Hospital Mimiyas, y sólo el consuelo
compartido y el amor que los unía pudo salvarlos a ellos y a los que le rodeaban. Y hoy
el niño, de la mano de su madre, ambos con amplias sonrisas, van a la escuela.
Esta hermosa vivencia es el regalo más grande
que Dios me ha dado, porque he aprendido que el amor en momentos difíciles puede
aliviarnos, sólo tenemos que ser genuinos y en oración profunda ir al Creador que todo
lo da y todo lo quita. ¡Mi hijo Christian, volverá a la escuela !!! El dolor y el amor
se suceden. Todas las personas tienen su ángel y algunos son los ángeles mismos. A todos
ellos va mi historia, que a manera de cuento hoy comparto. Quiero que las madres se pongan
en mi posición, quiero que no les teman a la muerte ni a lo que sucederá en una tragedia
si les ocurriera. Quiero que se aferren a Dios, porque él sana. "Mira que te mando a
que te esfuerces y seas valiente que yo, te daré la corona de la vida."
"Bienaventurados los que sufren; porque de ellos será el reino de los cielos."
Lo dice el Evangelio y es lo único que nos puede aliviar ese dolor.
Quiero agradecer a todos los médicos del Centro
Medico que nos atendieron, a la Hermana María Teresa Lebrón del laboratorio Sagrado
Corazón de Cupey, al Sr. Héctor Fernández por siempre brindarme su apoyo, al doctor
Cabrero Rodríguez, a mi fisiatra el doctor Néstor Cardona, a las terapistas Yanira
Delgado y Maribel, a las Hermanas Boria del Hospital Mimiyas y a todos los que me escriben
a diario por E-mail !! Hasta aquí llegamos y si tú estás pasando por algo como lo que
he relatado, comunícate conmigo a: cyber@icepr.com.
Si tienes una historia original que quieras publicar
en nuestra revista envíala a fabulas@plazaboricua.com |