Pasos de un vals moderno al ritmo del barrio Salud
Por  Alexandra Pagán Vélez

Uno

El macho ofuscado en una retórico muy escogida, decide terminar su discurso diciendo: "los ojos son ventanas del alma y ellos lloran, lo que nosotros como humanos, no podemos ver". La sala de aquel pequeño anfiteatro rugió; todos los presentes aclamaron puestos en pie y bañaron con fluidas alabanzas al macho enjuto que discretamente bajó de aquella tarima polvorienta disponiéndose a desalojar el lugar. Sin embargo, los eruditos presentes, en su hipócrita idolatría, le limitaron el paso y en búsqueda de la revancha en cuanto a la elocuencia se refiere, le durmieron con falsos elogios y obligáronle a persistir con su "humilde compañía".

El macho jamás imaginó que tras aquel desfile de baboserías incoherentes, llegaría deshecho a su hogar a las 3 de la madrugada. La calle de su hogar estaba en estado sepulcral. El macho cabizbajo rebuznaba el millón de razones por las que le era menester mudarse pronto de "este lugar tan podrido, sucio, lleno de pobreza, viejas chismosas, tecatos, ladrones… ¡Y tengo que esperar 7 meses más hasta el maldito mayo!" Envuelto en quejas maledicientes llenas de "me encabronos y puñetas", algo estratégicamente colocado en medio de la calle, le atrajo su vista y produjo un silencio mental.

"¿Un bicho rojo frente a mi casa?" ruborizado se silenció, díjose: "Se supone que no estés viendo estas cosas en cada esquina; ¿estarás perdiendo lo que te queda de cordura?" Desmontándose de Toyota 1.8 del 1980, algo encorvado decidió acercarse a aquel pene rojo magenta y rióse a carcajadas al distinguir que se trataba de una bolsa de papel enrollada. ¡Qué mente la de él!

El macho subió al segundo piso de una casa que consideraba hermosa hasta hace unos días, -su frustrado hogar-, acompañado de la música heroica que producían las ratas de su vecindario, vigilando sigilosamente que ninguna cucaracha entrara a su palacio en medio del barrio.

Dos

El hombre, contestándole a su amigo, dijo: "¡Vete al carajo, cabrón! Eso a ti no te importa. Mira, mi bolsita y yo nos vamos por ahí." Su amigo riéndose resignado, dio la espalda y caminó a la dirección opuesta a la que el hombre junto con su bolsita emprendían. "Voy a hacerle una pequeña visita a un amigo", le dijo el hombre a su bolsita dejando sólo la silueta de su sombra dibujada en la mente del amigo.

El hombre se dirigía hacía el barrio Salud del pueblo de Mayagüez, Puerto Rico; y ensimismado en llegar a su destino, miraba hacia adelante observando detalladamente, -tal vez por primera vez- la noche y su vecindario. La noche estaba tan apacible como la muerte misma. Lo único que podía escuchar eran las aleteadas asqueantes que daban las cucarachas. "Tan quieta, tan calmada, tan oscura, tan callada, no hay luna, no hay ojos…"

Las pequeñas casas de madera ya deterioradas atestiguaban un pasado rico en cuentos. Los carros baratos, estando algunos de ellos mohosos; y en las esquinas, bolsas plásticas tanto de supermercado como de basura, llenas de basura que hasta sale por los costados a borbotones y los perros satos callejeros arrimados a éstas destrozándolas. Rogándole a alguna deidad canina por el pan de cada día. "Jodías calles asquerosas," dijo el hombre, ya había llegado a su destino: la calle Oriente. "Te voy a dejar aquí para que distraigas los ojos de quien pueda verte," díjole a la inmóvil bolsita haciéndola un rollito.

El hombre se detuvo a contemplar una casa que quedaba en la esquina. Palpándola sentía las hendiduras de la vieja madera pintada de blanco; sus dedos atraparon por equivocación el polvo impregnado en aquellas paredes. La casa era de dos plantas; era majestuosa. El hombre escaló torpemente el portón gótico que protegía la entrada. Subió a un alero y arrastrándose, llegó al techo de una casa de cemento que quedaba justo al lado. Asomose al patio bastante pequeño de la casa de madera y poco le faltó para vomitarse y caerse al ver el espectáculo de carreras, dobles saltos y escaladas que rendían culto a la casona blanca. El hombre nunca en su vida había visto tantas ratas en congregación; "están cabronamente grandes". Desesperado, brincó a la terraza que daba para el lado de su cuerpo, dándose con una puerta abierta de par en par; "abierta como siempre", pensó; y entró a un dormitorio bastante desordenado.

Uno

El macho sólo pensaba en lo agotado que estaba, "La vida puede ser muy amarga". Sacando una botella de agua de su nevera de los sesenta, miró a través de su ventana para ver a las ratas cuasi-domésticas de vecina: "Yo no puedo creer esto…" Fue directamente a su chambre de coucher majestuosamente desordenada y se desprendió de sus ropas. "Las perras deben estar dormidas," pensó. De un salto brincó a su cama.
"¡Al fin! Buenas horas de sueño." Entonces sintió que provocándole cosquillas, algo le halaba el cobertor de la cama, "deben ser las perras". Al ver que continuaban las llamó, "Psst, psst Pupila, Iris vengan", y dio golpecitos a su pecho.

Dos

El hombre -mojado en la tibia sangre de dos perros diminutos- sonrió relamiéndose. No era necesario el persistir en mantenerse escondido bajo la cama. La emoción de la circunstancia era como la muerte: le envolvía, excitaba. Entretejía cada minuto sensualmente.

Uno/Dos

Algo agarra el pie del macho; era una mano grande, peluda y muy callosa. Un "no" pujado casi como un susurro escapa de los labios mientras los otros sonríen divertidos. Así el hombre aparece ante los ojos del macho, y le brinca dejando caer todo su peso encima. Lamentablemente el macho no puede moverse; en esos momentos deseaba haber engordado las 20 libras que se propuso y levantar las 40 libras diarias. Debido a la densa oscuridad de la habitación, el macho sólo podía ver los ojos del hombre y aquél brillo hipnotizante que emanaban. Sentía gran terror y fallando a su rol estereotipado quedó paralizado; más bien petrificado, mirándose a sí mismo en el brillo de aquellos ojos que le miraban fijamente sin parpadear.

Dos

El hombre sentía una satisfacción que ni en 40 millones de discursos del macho hubiese podido ser descrita. No podía disimular el sentido de dominio que le poseía y estalló en una sonora carcajada.

Uno/Dos

El macho centró su vista en los blancos dientes, el hombre reía tan alto que los perros del vecindario comenzaron a aullar y ladrar sin receso.
"Los ojos son ventanas del alma," dijo el hombre escupiendo al macho, quien cerró los ojos fuertemente. No había nada que mirar en aquellos ojos; sólo había en ellos un brillo aterrante y penetrante, pero no había profundidad en ellos, ningún significado, ninguna respuesta. Lo único que acaparaba la mente del macho era la intensa peste a dolor, peste a muerte…


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