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Uno
El macho ofuscado en una retórico muy escogida, decide terminar su
discurso diciendo: "los ojos son ventanas del alma y ellos
lloran, lo que nosotros como humanos, no podemos ver". La sala de
aquel pequeño anfiteatro rugió; todos los presentes aclamaron
puestos en pie y bañaron con fluidas alabanzas al macho enjuto que
discretamente bajó de aquella tarima polvorienta disponiéndose a
desalojar el lugar. Sin embargo, los eruditos presentes, en su
hipócrita idolatría, le limitaron el paso y en búsqueda de la
revancha en cuanto a la elocuencia se refiere, le durmieron con falsos
elogios y obligáronle a persistir con su "humilde
compañía".
El macho jamás imaginó que tras aquel desfile de baboserías
incoherentes, llegaría deshecho a su hogar a las 3 de la madrugada.
La calle de su hogar estaba en estado sepulcral. El macho cabizbajo
rebuznaba el millón de razones por las que le era menester mudarse
pronto de "este lugar tan podrido, sucio, lleno de pobreza,
viejas chismosas, tecatos, ladrones… ¡Y tengo que esperar 7 meses
más hasta el maldito mayo!" Envuelto en quejas maledicientes
llenas de "me encabronos y puñetas", algo estratégicamente
colocado en medio de la calle, le atrajo su vista y produjo un
silencio mental.
"¿Un bicho rojo frente a mi casa?" ruborizado se
silenció, díjose: "Se supone que no estés viendo estas cosas
en cada esquina; ¿estarás perdiendo lo que te queda de
cordura?" Desmontándose de Toyota 1.8 del 1980, algo encorvado
decidió acercarse a aquel pene rojo magenta y rióse a carcajadas al
distinguir que se trataba de una bolsa de papel enrollada. ¡Qué
mente la de él!
El macho subió al segundo piso de una casa que consideraba hermosa
hasta hace unos días, -su frustrado hogar-, acompañado de la música
heroica que producían las ratas de su vecindario, vigilando
sigilosamente que ninguna cucaracha entrara a su palacio en medio del
barrio.
Dos
El hombre, contestándole a su amigo, dijo: "¡Vete al carajo,
cabrón! Eso a ti no te importa. Mira, mi bolsita y yo nos vamos por
ahí." Su amigo riéndose resignado, dio la espalda y caminó a
la dirección opuesta a la que el hombre junto con su bolsita
emprendían. "Voy a hacerle una pequeña visita a un amigo",
le dijo el hombre a su bolsita dejando sólo la silueta de su sombra
dibujada en la mente del amigo.
El hombre se dirigía hacía el barrio Salud del pueblo de
Mayagüez, Puerto Rico; y ensimismado en llegar a su destino, miraba
hacia adelante observando detalladamente, -tal vez por primera vez- la
noche y su vecindario. La noche estaba tan apacible como la muerte
misma. Lo único que podía escuchar eran las aleteadas asqueantes que
daban las cucarachas. "Tan quieta, tan calmada, tan oscura, tan
callada, no hay luna, no hay ojos…"
Las pequeñas casas de madera ya deterioradas atestiguaban un
pasado rico en cuentos. Los carros baratos, estando algunos de ellos
mohosos; y en las esquinas, bolsas plásticas tanto de supermercado
como de basura, llenas de basura que hasta sale por los costados a
borbotones y los perros satos callejeros arrimados a éstas
destrozándolas. Rogándole a alguna deidad canina por el pan de cada
día. "Jodías calles asquerosas," dijo el hombre, ya había
llegado a su destino: la calle Oriente. "Te voy a dejar aquí
para que distraigas los ojos de quien pueda verte," díjole a la
inmóvil bolsita haciéndola un rollito.
El hombre se detuvo a contemplar una casa que quedaba en la
esquina. Palpándola sentía las hendiduras de la vieja madera pintada
de blanco; sus dedos atraparon por equivocación el polvo impregnado
en aquellas paredes. La casa era de dos plantas; era majestuosa. El
hombre escaló torpemente el portón gótico que protegía la entrada.
Subió a un alero y arrastrándose, llegó al techo de una casa de
cemento que quedaba justo al lado. Asomose al patio bastante pequeño
de la casa de madera y poco le faltó para vomitarse y caerse al ver
el espectáculo de carreras, dobles saltos y escaladas que rendían
culto a la casona blanca. El hombre nunca en su vida había visto
tantas ratas en congregación; "están cabronamente
grandes". Desesperado, brincó a la terraza que daba para el lado
de su cuerpo, dándose con una puerta abierta de par en par;
"abierta como siempre", pensó; y entró a un dormitorio
bastante desordenado.
Uno
El macho sólo pensaba en lo agotado que estaba, "La vida
puede ser muy amarga". Sacando una botella de agua de su nevera
de los sesenta, miró a través de su ventana para ver a las ratas
cuasi-domésticas de vecina: "Yo no puedo creer esto…" Fue
directamente a su chambre de coucher majestuosamente desordenada y se
desprendió de sus ropas. "Las perras deben estar dormidas,"
pensó. De un salto brincó a su cama.
"¡Al fin! Buenas horas de sueño." Entonces sintió que
provocándole cosquillas, algo le halaba el cobertor de la cama,
"deben ser las perras". Al ver que continuaban las llamó,
"Psst, psst Pupila, Iris vengan", y dio golpecitos a su
pecho.
Dos
El hombre -mojado en la tibia sangre de dos perros diminutos-
sonrió relamiéndose. No era necesario el persistir en mantenerse
escondido bajo la cama. La emoción de la circunstancia era como la
muerte: le envolvía, excitaba. Entretejía cada minuto sensualmente.
Uno/Dos
Algo agarra el pie del macho; era una mano grande, peluda y muy
callosa. Un "no" pujado casi como un susurro escapa de los
labios mientras los otros sonríen divertidos. Así el hombre aparece
ante los ojos del macho, y le brinca dejando caer todo su peso encima.
Lamentablemente el macho no puede moverse; en esos momentos deseaba
haber engordado las 20 libras que se propuso y levantar las 40 libras
diarias. Debido a la densa oscuridad de la habitación, el macho sólo
podía ver los ojos del hombre y aquél brillo hipnotizante que
emanaban. Sentía gran terror y fallando a su rol estereotipado quedó
paralizado; más bien petrificado, mirándose a sí mismo en el brillo
de aquellos ojos que le miraban fijamente sin parpadear.
Dos
El hombre sentía una satisfacción que ni en 40 millones de
discursos del macho hubiese podido ser descrita. No podía disimular
el sentido de dominio que le poseía y estalló en una sonora
carcajada.
Uno/Dos
El macho centró su vista en los blancos dientes, el hombre reía
tan alto que los perros del vecindario comenzaron a aullar y ladrar
sin receso.
"Los ojos son ventanas del alma," dijo el hombre escupiendo
al macho, quien cerró los ojos fuertemente. No había nada que mirar
en aquellos ojos; sólo había en ellos un brillo aterrante y
penetrante, pero no había profundidad en ellos, ningún significado,
ninguna respuesta. Lo único que acaparaba la mente del macho era la
intensa peste a dolor, peste a muerte…
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