Esperando a Lalo
Madre mexicana reza por su hijo en la guerra

Por Maritere Arce

Como miles de hispanos, una madre neoyorquina aguarda a que su hijo regrese de la guerra.

Sabina Vargas recuerda como protegió a Lalo y a sus tres hermanos durante la travesía a través de la frontera: "Fue un viaje horrible, había hasta víboras y ratones". Pero esta madre mexicana llegó con sus cuatro niños a los Estados Unidos hace cerca de 18 años para darles las oportunidades que no conseguía en su ciudad Neza, en México.

Hoy espera ansiosa a que Heraclio ‘Lalo’ regrese de otro viaje peligroso; su asignación en Bosnia-Herzegovina, una república de la antigua Yugoslavia, donde fue enviado como parte de las tropas de apoyo a la Operación Joint Force. Ahora, sólo puede protegerlo con oraciones y esperanza.

Cuando se estableció en el Barrio con sus hijos Leo - quien hoy tiene 30 años-, Jorge -de 24-, y Eder de 19; Sabina estaba preparada para continuar un arduo camino hacia una mejor vida. Trabajó como operaria de máquinas en varias fábricas de la ciudad.

Heraclio, de 28 años, actualmente opera equipo pesado de construcción como parte del Batallón 62 de Ingeniería en Fort Hood, Killeen, Texas. Estudió en "la escuela Luis Muñoz Marín de la calle 110 y luego fue a la High de la 125 y primera avenida", comenta orgulloso Leo, quien trabaja como portero. El hermano mayor del soldado recuerda como al criarse, Lalo: "Ganó muchos trofeos de karate y era bien noviero, sí tenía muchas novias". También se pasaba componiendo radios y aparatos electrónicos, y le gustaban las matemáticas.

Lalo está en el ejército desde hace dos años, "casi al mismo tiempo en que se hizo ciudadano", dice Sabina. Después de terminar la escuela superior Lalo trato de estudiar un año en Hostos College. "El quería estudiar ingeniería pero yo no podía darle el dinero porque estoy en S.S.I", se quiebra la voz de esta madre. Sus manos afectadas por la artritis ya no sirven para el trajín de las maquinas de coser.

Lalo trabajó en restaurantes y otras ‘chiripas’. Estaba desesperado y no encontraba trabajo, su madre no tenía dinero para darle. El comenzó a beber y tenía problemas. Entonces decidió enlistarse en el ejército. "El quería hacer otra vida, quería ser alguien", dice su madre. "A mi no me gustaba eso de que se metiera al ejército pero él me dijo ‘Sólo es un entrenamiento, no te preocupes’", recuerda. Aquí el trabajó en construcción pero no tenía dinero para sacar las licencias de equipo pesado. Su sueño sería poder tener su propia compañía de construcción. Leo comenta como su hermano: "Tiene la llave para el futuro en el ejército. Aquí tenía que trabajar para pagar el colegio, allí puede escoger y le ayudan a estudiar".

Según el censo, los hispanos constituyen el 12% de la población estadounidense. Los hombres hispanos de 16 a 21 años son los que con más probabilidad pasan al servicio militar, seguidos por los afroamericanos y los blancos. Así los han venido a constituir el 7.5% del ejercito, según datos de la armada. Componen el 7% de los soldados enlistados; el 3.45% de los oficiales comisionados; y el 4.51% de los oficiales subalternos. Existen más de 650 reclutadores hispanos, o sea el 8% del personal de reclutamiento. En nuestra zona la Reserva Regional de Apoyo 77 de la armada (que incluye a Nueva York y Nueva Jersey) es un 12% hispana; de estos 101 son oficiales y 1013 son soldados enlistados. Este número va en aumento constante desde el 1985 cuando el número de reclutas hispanos era un 3.5% hasta el 1998 cuando se registró un 10.2% de reclutas hispanos.

Algunos atribuyen la participación en masa de los hispanos en la milicia al concepto de masculinidad que se fomenta entre nuestros varones, donde el macho debe ser valiente y hacer los trabajos más arriesgados. Es una ideología muy conveniente cuando se tiene que morir por un ideal abstracto, mientras que los que cuentan con mejores oportunidades educativas y de trabajo, debaten la ideología mientras observan la guerra desde la comodidad de sus salas. Lo cierto es que cerca del 40% de los hispanos y afroamericanos crecen en la pobreza. Por lo tanto, el tener tanto como $40,000 dólares para obtener una educación universitaria, una carrera y entrenamiento es una opción muy atractiva.

Para la nación la guerra es tan distante como quien ve en la ‘tele’ una transmisión de fuegos artificiales. No hay servicio obligatorio. Los voluntarios son aquellos que como Lalo, ven en esta carrera una salida digna para mejorar su vida. Para quienes gustan de la vida militar esta una oportunidad perfecta, sin embargo, sólo proporcionando una variedad de oportunidades a nuestros jóvenes podremos decir que en verdad pueden "escoger voluntariamente" una carrera militar. Si el ciudadano americano de clase alta y media sintiese la presión de tener un hijo en la milicia otro gallo cantaría y como en Vietnam, veríamos las protestas masivas. Ahora, se discute casualmente la posibilidad de enviar tropas a tierra y lo imperativo de no dejarnos vencer como en la operación ‘Tormenta del Desierto’.

Mientras tanto, los Vargas viven de cartas, llamadas y recuerdos. En la Navidad Lalo vino por una semana. "No le habían pagado todavía y su sargento, otro mexicano, le prestó el dinero para el pasaje. Nos trajo regalos a todos y estaba más tranquilo". Hace un tiempo llamó desde Texas y recuerda su madre que le dijo: "Me voy para Bosnia de aquí a ocho días pero no tengas cuidado que no pasa nada. Voy a construir carreteras, abriendo caminos y haciendo campamentos".

Las cortas llamadas llegan cada ocho días más o menos. "Llegó como a los dos días de salir de Texas, es un vuelo como de 16 horas. Se siente solo. Dice que los cuidan mucho y siempre andan armados. Están como a dos horas de donde bombardean", señala Leo. En su última carta le pide a su madre que se cuide. Entre los gustitos que le llegarán al campamento dentro de poco están cremas mexicanas para el cuerpo, cintas de salsa y merengue, medias negras y seis libras dulces.

En Texas y California las madres de Steven González y Andrew Ramírez esperan ante la vista de todos a que les devuelvan a sus hijos, dos de los primeros tres prisioneros de esta guerra. Como en su caso, hay muchos hogares latinos a quienes el lograr una oportunidad a través del ejército les llevó a la guerra.

Mientras tanto, Sabina, Leo, Jorge y Eder siguen contando los días para que termine el conflicto y les devuelvan a su Lalo. "(El) está haciendo algo por ellos y para beneficio de este país", dice la madre resignada. "Cuando él regrese voy para Texas a verlo".

 

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Ediciones anteriores
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