Una visita a la Isla del (des)Encanto

Por Maritere Arce

Como otros puertorriqueños que viven en los Estados Unidos, decidí visitar la isla huyendo al frío. A mi lado en el avión tenía a Monse, una señora de Paterson, quien no había visitado la isla desde hacía 20 años. Su tranquilidad al confrontar el reencuentro con la isla contrastaba con mi ansiedad a tan solo un año de separación. "Se va a llevar tremenda sorpresa con los cambios en la isla", le dije reflejando mi propia ansiedad y dormí.

Una voz electrónica anunció el aterrizaje despertándome justo a tiempo para ver la cicatriz donde la isla se levanta desde el mar y el cutis de cemento y brea de la cara sanjuanera. Quedé bien despierta con el aplauso triunfal de los viajeros de la guagua aérea.

El vapor de lluvia que sube de la brea ardiente bajo el sol tropical me pegó como a todos los que salen del frío artificial que divide a los que llegan al aeropuerto de los que viven con los pies en el fuego.

Entre la maraña de calles y puentes nuevos contra el tapón llegamos al Expreso las Américas. Gigantesca, "Plaza" se expande inconsciente ante el descalabro económico que viven los tres millones, 860 mil, 91 habitantes de la isla.

En la mesa familiar, la radio, la tele y el bar el tema dominante eran las nalgas de Brenda Robles, modelo y escándalo nacional paliativo para los males isleños. Mejor no pensar. Aquí no ha pasado nada. La discusión nacional enterraba los más de 80 asesinatos que marcaron los primeros días del año. Mientras tanto, abren oficinas para el control de armas aunque la mayoría de armas incautadas en crímenes llegan ilegalmente a través de la Florida.

Y más se hablaba de la crí...tica de la pseudo cantante Ivette Cintrón que de la última patraña para empujarnos la estadidad a toda costa. Dictatorialmente la administración la sostiene como fórmula ganadora en el plebiscito navideño. Con el apoyo del Comisionado Residente en Washington el republicano, Phil English, se dispone a radicar legislación para imponer contribuciones federales a Puerto Rico.

Pero en medio de los problemas que aquejan a mi isla, sentí el empeño de tantos por volver. En un Velorio de Reyes en medio de Rincón encontré familias que regresaron con sus hijos neoyorquinos. Con su look hip-hop se unían a los rezos cantados con más  ánimo que cualquiera. Luego, me uní a la rutina nacional en las Fiestas de San Sebastián donde me encontré con otros escapados de Nueva York. Todos quedamos contagiados con este empeño por olvidar lo difícil y celebrar las fiestas y recuperar el encanto de la isla.

Ya con los pies en la tierra del norte y la cabeza en Puerto Rico me fui a buscar las maletas en el carrusel de paquetes y cajas envueltas en soga que llega en cada vuelo desde la isla. Mientras esperaba en este ritual que llevo en los últimos años recordé haber perseguido plátanos y pasteles sueltos en la correa la primera vez que viajé a los Estados Unidos cuando se rompió la caja de gustitos que preparó mi abuela.

Y entre todas esas musarañas llegué con mi nostalgia a cuestas, sin estar preparada para el frío pero presta a dormir en mi propia cama. En la mañana CLANK, CLANK, CLANK sonó urgente la calefacción destartalada de mi edificio. Desperté de una pesadilla. Había estado 20 años sin volver a mi tierra. Quedé lista para otro asalto de la pelea que es vivir en la ciudad de Nueva York.

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