La ciudad muerta

por Rose Marie Bernier

Recorramos la plaza de un pueblo un domingo cualquiera en la tarde. Todo está desierto, vacío. No distinguimos gente. Los secos árboles alrededor de ella no tienen ya hojas para cubrir el sol candente. Sopla una brisa cálida la cual mueve las hojarascas tiradas en el suelo. Los bancos están en espera de gente que venga a sentarse en ellos. Los centros urbanos de los pueblos están agonizantes, fallecen pues ya nadie vive en ellos. Están en ruinas, vestigios mientras tanto los habitantes de la ciudad están metidos en un tapón. Un interminable tapón, sin principio ni fin.

Los pueblos tradicionales fueron construidos utilizando una formula que ha demostrado con el acontecer del tiempo ser exitosa. Durante el Siglo XVI por orden del Rey de España las colonias españolas, desarrollan sus pueblos alrededor de una plaza, localizando allí los edificios municipales importantes, la Iglesia Católica y la alcaldía. Estos pueblos tradicionales fueron fundados a escala humana. 

Esta escala humana es enfocada en el peatón como marco de referencia, con distancias caminables y amenidades que ayuden e inviten a ese peatón a caminar. Esta escala se juzga como superior en muchas formas a la escala del automóvil; el hecho de que éstas ciudades tradicionales aún existan es símbolo de la permanencia y constancia de este estilo. La arquitectura tradicional de éstas comunidades es en gran parte lo que le da carácter al entorno urbano. Es importante preservar ésta.

Un pueblo surge en parte como producto de la relación entre el espacio construido y la gente que vive allí. Tradicionalmente, las personas vivían cerca de sus trabajos, escuelas, el cine, la placita. Mi mamá nació en la década del treinta. Ella vivía en la Playa de Ponce y jamás tuvo mi abuela que llevarla a ningún lugar, por supuesto, mi abuela no manejaba automóviles. En tres minutos llegaba a su escuela elemental e intermedia. Para llegar a la escuela superior en el pueblo utilizaba el transporte colectivo. El cine, obligado destino durante los sábados en la mañana para los matinés, también estaba localizado a distancia caminable de su casa.

La placita, frente al cine (también a tres minutos de la casa) era el lugar de reunión de jóvenes y adolescentes. Recordaban que caminaban en círculos alrededor de la plaza, las chicas en una dirección, los chicos en la dirección opuesta para así poder ver de frente a los que les gustaban y llamaban la atención. Según daban vueltas, hablaban, reían y le daban vida a la placita.

Hoy, el interminable tapón pasa alrededor de la ciudad, sigue su curso y pareciera que no llega a ningún destino. Las placitas, algunas, víctimas del progreso y la "renovación urbana" fueron "modernizadas". En ese proceso algo se perdió, se le quitó el carácter a ese espacio. Ese carácter que invitaba estar allí. ¿Dónde está la gente? Muchas personas están en sus casas, frente a los televisores, utilizando los DVD's, VCR's o, navegando la Red en el Internet, sin conexión a sus comunidades.

Muchos elementos cambian nuestro paisaje durante el siglo XX. Por más de cuatro siglos vivíamos en desarrollos compactos alrededor de las plazas. En éstos localizábamos comercios en el primer nivel y residencias en el segundo nivel, posibilidad de caminar a las escuelas, oficinas del gobierno y trabajos, calles para caminar, (luego compartidas con el automóvil), aceras amplias, sombra, todas éstas características de la escala humana. 

La fórmula que definió como vivíamos fue exitosa cuando muchos municipios estaban fundados ya para fines del siglo XIX. En el siglo XX factores de cambio en Puerto Rico incluyen el cambio de soberanía (el cual trajo consigo una nueva óptica), la llegada del automóvil, crecimiento poblacional, necesidad de viviendas, cambios en estructura económica de una mayormente agrícola a una industrial.

Los puertorriqueños, con todos estos cambios, comenzamos a mudarnos "para mejorar". Del campo al pueblo, del pueblo a San Juan, de San Juan a Nueva York. Estos patrones de migración pusieron presiones en la capital, San Juan, desarrollándose fuera de las murallas.

Otro elemento esencial del cambio que queremos enfatizar es el automóvil. Analicemos, la etimología de la palabra "auto" "móvil", movilidad automática. El auto nos liberó proveyendo movilidad automática, acceso rápido a dónde antes no llegábamos. Ya no hay que vivir cerca de la plaza, el comercio, los trabajos, las escuelas; ahora nos podemos mudar lejos y llegar a más sitios usando el automóvil, ahora hay nuevas situaciones, causadas por la sociedad enamorada del automóvil.

Ahora, la llamada cultura del automóvil nos lleva a estar atados principalmente al auto como primordial, y hasta único, medio de transportación. Los centros comerciales, oficinas, fábricas, centros de trabajos, escuelas (nuestros destinos, hacia donde nos dirigimos) generalmente están localizados lejos de aceras, lejos de ambientes que propicien el caminar. No hay sombra y sí hay autos, a veces transitando a exceso de velocidad, se siente el olor al "smog" que emiten los automóviles, existen muchas barreras físicas, en fin, es un ambiente que no propicia el caminar o correr bicicleta. 

La transportación pública, con su itinerario irregular y guaguas atestadas de personas a las horas de mayor uso, resulta ser poco conveniente. La mayor parte del tiempo, el automóvil es realmente la única opción. Así hemos decidido vivir.

El desparramo urbano se define como desarrollos de baja densidad usando grandes cantidades de terreno, orientado a escala del automóvil, localizado lejos de los pueblos tradicionales. Este desparramo es resultado de una combinación de política pública y práctica de los agentes productores del espacio (gobierno, desarrolladores, agencias de financiamiento y consumidores). Como consecuencia, usamos los autos con más frecuencia así alargando el tiempo que toman los viajes, desperdiciando tiempo y combustible.

Sin embargo, a manera de círculo vicioso, la abundancia de carreteras nos desparrama más, guiamos más y más lejos. Las nuevas carreteras raramente alivian la congestión de tráfico y en muchas situaciones en realidad empeoran la situación. Sin embargo, año tras año se utilizan millones de dólares expandiendo la red de carreteras, continuando el círculo vicioso. Conducimos más a menudo y más lejos.

Una respuesta automática, y que superficialmente aparenta ser reacción normal al problema del tapón en las carreteras, es el construir aún más carreteras. Sin embargo, las alternativas de construir más carreteras o añadir carriles a las ya existentes invitan más vehículos, por ende más personas, en las carreteras. Si tomamos en consideración el tiempo adicional que tarda en concluirse un proyecto de construcción de carreteras, tenemos como resultado que al inaugurar la misma ya está cerca de obsolescencia. La construcción de nuevas carreteras provee casi ningún alivio al tráfico vehicular, además de abrir lugares antes inaccesibles para que se construya desparramadamente.

Alternativas para romper este círculo vicioso están directamente relacionadas con el desarrollo del transporte colectivo como opción real para "bajarnos" del automóvil, volver a los desarrollos tradicionales compactos y enfocados en el peatón como escala de distancia. Estos desarrollos tendrían el complemento de una parada de transporte colectivo para que los residentes hagan la mayor parte de sus viajes. El transporte colectivo alivia el tráfico, mejorando la calidad del aire y agua a la vez que es más costo-efectivo que la construcción de nuevas carreteras.

La inversión para el avance del transporte colectivo en desarrollos compactos, en vez de la construcción de nuevas carreteras, nos ofrece opciones y alternativas para transportarnos; así resucitaremos la ciudad de la muerte urbana a la que la hemos condenado.

La autora es geógrafa y estudiante de Planificación Urbana en la Universidad de Puerto Rico.


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