Los monstruos viven en el closet

Desde que tengo uso de razón sé que no hay monstruos debajo de la cama, ni debajo de los muebles, ni nada parecido. Lo sé porque estos eran precisamente mis espacios preferidos para jugar, ver televisión y hasta tomar una siesta. Ahora, y aunque tuve muy buen juicio y sentido común casi desde el vientre de mi madre, por lo que sabía también que no existían monstruos, hacía mis excepciones, por si acaso. Una de estas era con los closets, especialmente de noche.

Los closets ejercían cierto embrujo sobre mí, puertas cerradas, tabillas altas con objetos inalcanzables, sonidos peculiares como crujidos y golpes sordos. Incluso vivía convencida que ahí se escondían los Reyes Magos en su día de entrega de regalos por el mundo, vigilándome, esperando a que me durmiera para salir, como ladrones en la noche (aunque fueran a regalar, pero estaban en casa ajena, por favor) a dejarme los regalos bajo la cama. Y aunque me encantaban los regalos, hubiese preferido que se quedaran en la sala como Santa Clós, que si bien también tenía talento para entrar como todo un experto ladrón a mi casa, por lo menos no se metía en mi cuarto. En fin, que así son los miedos, muy cerebrales pero también muy viscerales.

En los meses de octubre y noviembre se celebran alrededor del mundo distintos eventos relacionados con la muerte, tema del cual exploraremos algunas de sus vertientes. Y la muerte, querámoslo o no va ligada a algún tipo de miedo que va desde una ligera sensación de malestar hasta el pánico que en algunas personas causa serios desórdenes físicos, mentales y emocionales. Cuando mis monstruos vivían en el closet no sentía miedo a la muerte, aún no, sólo me provocaba curiosidad y tristeza. Tal vez, porque tuve la suerte tener una niñez saludable y aunque tuve experiencias con la muerte no fueron traumáticas. El miedo vino después y fue cuando los monstruos se mudaron a mi mente y comenzaron a convivir conmigo sin esconderse.

Una vez que los monstruos se liberaron de su encierro me di cuenta que aquel miedo infantil, contenido, localizado y con un sólo nombre era mejor que los miedos de la adultez, multifacéticos, omnipresentes, y de tantos nombres que algunos ni nombrarlos sabemos. Miedos que nos limitan, nos aturden, aunque a algunos, si son valientes y les enfrentan, les hacen más fuertes. De todas formas, el miedo se hace parte de nuestra vida en el mismo momento que dejamos de ser niños, y no estoy hablando de un momento señalado por la edad, más bien, puede incluso ser la suma de momentos en que a los 4, 16, 20, 35 o a la edad que sea, miramos de frente a nuestros propios monstruos. Es cuando nos damos cuenta que no somos inmortales. Cuando entendemos lo que es el paso del tiempo. Cuando asentimos con sabiduría cuando el abuelo dice que 'nacimos solos y morimos solos'. Cuando lo preguntamos todo y nadie puede contestarnos.

Pero esto no pretende ser un discurso sobre los momentos existenciales del ser humano, más bien es una forma de ver esta hermosa y terrible fascinación que sentimoss por la muerte. Tema que ha inspirado a los artistas en todas las ramas del arte, a los estudiosos de todas las disciplinas, a los pueblos y a los individuos de todas las culturas. Nos atemoriza, sí, pero también nos atrae. Sincretismo maravilloso que nos brinda la oportunidad de amarla, odiarla, admirarla y repudiarla, celebrarla y llorarla. Tal vez el mejor ejemplo es el baquiné boricua, que si aún se celebra en Puerto Rico será en muy raras ocasiones y de las que no tengo conocimiento.

El baquiné combinaba las creencias religiosas del puertorriqueño del siglo 19 e incluso del 20. Algo de magia, de espiritismo y de catolicismo se entremezclaban para darle la despedida final a las 'almas blancas' de los niños que murieron al nacer. El velorio del baquiné era una celebración en que sus asistentes comían, bebían, cantaban y lloraban. En él se celebraba la vida y se celebraba la muerte. El gran pintor puertorriqueño Francisco Oller, se inspiró en el baquiné para realizar una de sus grandes obras maestras. Su monumental obra El velorio retrata de manera inquisitiva ese pedazo de historia que incluye los prejuicios, la superstición, nuestra idiosincracia puertorriqueña, mientras se ofrece una experiencia filosófica de la vida y la muerte al espectador. Es, en definitiva un cuadro terriblemente bello, profundo, sublime, de una técnica magistral y de un resultado que se multiplica en cuantas veces sea visto.

Así, de la misma forma que el cuadro de Oller, el Othello o el Romeo y Julieta de Shakespeare, los versos de Edgar Allan Poe y la serie televisiva Tales from the Dark Side nos atraen en una mezcla de placer-sufrimiento, podemos entender el por qué celebramos Días de Muertos, Halloweens, Carnavales a la muerte, Baquinés, entre otras fiestas por el estilo. Y el por qué al hablar de la muerte hay tantas miradas como cuantos quieran mirarla de frente.


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